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A LOS 80 AÑOS DE SU MUERTE, CARMEN GIMÉNEZ FLORES, VIZCONDESA DE TERMENS (1867-1938).



Hace 80 años, a las nueve de la mañana del lunes 3 de enero de 1938, doña Carmen Giménez Flores, vizcondesa de Termens, moriría confortada con los Santos Sacramentos. En el Acta de su defunción fechada al día siguiente, ante Antonio González Carrera, Juez Municipal y Jesús de la Concha Moreno secretario del mismo, se procede a inscribir la defunción en los siguientes términos:

(...) Dª Carmen Jiménez Flores de setenta y dos años, natural de Cabra provincia de Córdoba, hija de D. José y de Dª Sierra, domiciliada en Cabra, calle Martín Belda,16, de profesión su casa y de estado: viuda de D. Luis Gómez Villavedón de cuyo matrimonio no deja hijos/ falleció en dicho domicilio el día de ayer a las nueve, a consecuencia de coma urémico según resulta de la certificación facultativa y reconocimiento practicado, y su cadáver habrá de recibir sepultura en el cementerio de esta Ciudad.[1]

Los últimos días los había pasado prácticamente en cama, no queríendo ver a nadie. Sola al cuidado del su médico y con la visitas periódicas de don Antonio Povedano, su confesor, y bajos los cuidados de su fiel sirvienta Juana Cañero, de sus sobrinas y de su ahijada, la joven Mimi, siempre atenta…

Después del obligado velatorio, el rector y cura propio de la Iglesia parroquial de la Asunción y Ángeles de la ciudad, mandó dar sepultura eclesiástica al cadáver.

Aquel cuatro de enero, era bastante frío. Las campanas anunciaban con su tañer lúgubre que aquella era misa de difunto. La comitiva llegó en buen orden a la parroquia a media mañana.  Era un entierro de primera categoría y general de las dos parroquias de la ciudad. Don Francisco de Paula Caballero, el oficiante, y el resto de sacerdotes, habían esperado a la difunta y todo su acompañamiento en la puerta del templo. El féretro fue colocado ante el altar mayor, sobre una mesa cubierta de negro, alrededor de la cual ardían seis cirios. Sobre la baranda del presbiterio se pusieron las banderas de las cofradías y asociaciones piadosas con corbatas negras. A la derecha del ataúd la bandera de la Virgen de la Sierra , también de luto, a pesar de su multitud de colores tan alegres en otros momentos. Delante del cadáver se instalaron las numerosas coronas de flores, con sus reveladoras fragancias a muerto.

En los primeros bancos se encontraban, el señor alcalde provisional y director del Instituto don Ángel Cruz Rueda y señora, y el resto de la corporación municipal; el comandante de la Guardia Civil, don Francisco López Pastor; el juez  don Antonio González Carrera y señora y, por supuesto, toda la familia y las monjas de la comunidad de las Hijas de San Vicente de Paúl que recibían los testimonios de pésame y sentimiento. En el resto de los bancos muchas mujeres arrodilladas o sentadas, de pie la mayoría de los hombres.

Terminado el ceremonial salió el cortejo fúnebre con dirección a la Fundación Escolar Termens, mientras las campanas repetían su triste sonar. Encabezaba la marcha la infantil Banda de las Escuelas del Ave María; junto a los estandartes y pendones de  las cofradías, después acólitos de sotana negra y roquete blanco con la cruz de las parroquias y a cada lado otros con ciriales. Tras ellos seguían los sacristanes y  otros acólitos con incensarios que dibujaban volutas de humo olientes a resina y a mirra. A continuación el lujoso ataúd que encerraba el cuerpo difunto que fue sacado de la iglesia a hombros de servidores de su casa y personas que se disputaban el honor de portar sus restos mortales. Sobre el ataúd cubierto con la bandera de la Virgen de la Sierra, pendían cuatro lazos negros que llevaban los señores don José Amo Santiago, don Manuel Mora y Aguilar, don Santiago Garrigó Mompol y don Antonio Prieto Mendoza; los señores don Rafael Moreno la Hoz y don Juan Cruz Vílchez eran los  portadores de las llaves del panteón.

Tras el féretro iban cinco sacerdotes cubiertos con capa negra,  musitando las oraciones pertinentes y detrás las numerosas coronas que habían enviado el Ayuntamiento, asociaciones y personalidades. Seguidamente un numeroso grupo de personas acompañantes, entre ellas más de doscientos pobres de la ciudad y una veintena de ancianos del asilo, a cada uno de los cuales se les había dado por asistir una peseta, un pan y una vela que traían encendida desde la iglesia. Y después el duelo, con la presencia de hermanos mayores de las cofradías, familiares y autoridades, con el Alcalde, Juez de Instrucción, Párroco de la Asunción, Comandante del puesto de la Guardia Civil, Fiscal Municipal y el Registrador de la propiedad. Cerrando la marcha la Banda Municipal de Música.

El fúnebre cortejo caminaba en un impresionante silencio, al llegar a la artística verja de la Fundación Termens, muchos levantaron sus ojos buscando la mirada del Sagrado Corazón de piedra que corona la columna situada en la fachada principal y que no estaba. La efigie de piedra que tallara el escultor granadino Navas Parejo, se había desmontado de su emplazamiento por causa de la guerra. Y aún sin Él, se rezó un sentido responso. Señor, ten piedad, Cristo, ten piedad, Señor, ten piedad ... Después la procesión fúnebre se volvió hasta alcanzar el principio de la cuesta que llaman del Garrote en el camino de Rute, y bajar cruzando el río hacía el cementerio de San José.

Al llegar al Campo Santo la dolorida muchedumbre aguardaba el féretro que fue depositado en la capilla del bellísimo mausoleo levantado por Benlliure, allí se le cantó la Vigilia de difuntos y otro responso. Al finalizar la ceremonia dificultosa de colocación del ataúd en la fosa, los acompañantes se despidieron de los doloridos, en especial de don Manuel Megías Rueda y de don José Tavira Giménez. Y las llaves de la capilla les serían entregadas a sor Emerita, la Madre Superiora de las monjas de san Vicente de Paúl, profesoras del Colegio de Termens.

Aunque Carmen Giménez había ordenado en su testamento que a su muerte su cuerpo, vestido con el hábito de la Orden del Carmen, fuera enterrado en el sarcófago de su mausoleo de Cabra, trasladado años antes desde el cementerio municipal hasta la capilla del grupo escolar Termens; sin embargo, está circunstancia no se cumplió. Para que sus restos descansaran en su magnífico monumento marmóreo, contaba con el permiso concedido por el mismo Papa y por el obispo de Córdoba, pero la normativa a este respecto era clara “No se permitirán por ningún motivo, sepultar cadáveres en las Iglesias o Conventos, ni en panteones, dentro ni fuera del poblado” [2].

Su deseo final se cumpliría seis años más tarde.

El día 5 de enero, el periódico egabrense El Popular  le dedicaría un sentido y completo artículo titulado “Letras de Lutos” dedicado a su memoria y al reconocimiento de su obra:

(...) la Vizcondesa de Termens que fue dueña de una gran fortuna, la invirtió, en su mayor parte en obras religiosas, de caridad y de cultura de dimensiones tan altas, que hasta ahora quizás hasta ahora, ninguno las veamos y comprendamos pero al pasar de los años, no sólo se alcanzará en todo su mérito, sino también en toda su gratitud que debemos a quien tanto hizo por Cabra y por los humildes”[3].

Verdaderamente las dimensiones de su legado, se podría cifrar en cantidades que hoy serían multimillonarias y cuya importancia estriba en que, sin duda, han contribuido al desarrollo de la educación, de la asistencia social y, también de forma espléndida al patrimonio histórico-artístico egabrense.

Y a pesar de su muerte continuaría su leyenda, la hija del zapatero que se convirtió en noble,  su vida  junto a un principe, Infantona en Sanlúcar, Madrid, París, Bolonia, Estocolmo y Londres,  sus sueños de grandeza, ruptura y disputas con la familia Orleans, secretos de familia, misterios por resolver…  capítulos de la trayectoria vital de un personaje singular que de una u otra forma también es parte de la historia de España, de esa otra historia que no es oficial, de su intrahistoria si se quiere, que tiene que ver más con los sentimientos y las pasiones que, al fin y al cabo, son los que mueven el mundo...




[1]Archivo Registro Civil de Cabra. Acta de Defunción, Núm. 226 de la pág 112, tomo 83, Sección 3ª. (R. C. C. )

[2] Art. 5º de Reglamento del Cementerio Municipal de la Ciudad de Cabra (1939). (AMC)

[3] El Popular (Cabra) 5 /1/ 1938.

La mesa del “LA”, regalo de boda de un rey loco.


Luis II de Baviera, ha pasado a la historia por sus excentricidades, que fueron llevadas al cine por Luchino Visconti y por la construcción delirante de castillos, que sirvieron de inspiración al mismísimo Walt Disney.

Luis Otón Federico Guillermo de Baviera, nacería un 25 de agosto de 1845 en Múnich, hijo del rey Maximiliano II de Baviera y de María de Prusia

De una esmerada educación en la que tuvieron una especial importancia las enseñanzas artísticas, con tan sólo 19 años subiría al trono.

Por su extraña personalidad, Luis II se ganaría el apelativo del “Rey loco”. Y es que en su deseo de mantenerse alejado de la realidad mundana que le rodeaba, se refugió en la búsqueda obsesiva de la belleza. Un sueño al alcance de su mano cuando descubriera en 1861, a Richard Wagner y su extraordinario universo musical.

Convertido en el mecenas del músico alemán y su principal admirador, cuando el monarca se vio obligado a desterrar a Wagner, bajo las acusaciones de interferencias en política, su único consuelo fue construir un mundo imaginario de castillos de hadas. 

Arruinado tras la creación de palacios imposibles, el monarca pasó sus últimos años recluido en el precioso Castillo de Neuschwanstein, hasta que sus familiares y las instancias políticas bávaras decidieron destituirle en 1886, lo que le llevaría inmediatamente al suicidio. 

El entusiasmo romántico y el ímpetu artístico de Luis II, no conocieron límites. 

En sus obsesiones, llegó a interesarse por el misterio de la nota “la”, única nota musical que el diapasón, en aquella época, no conseguía emitir con nitidez.

Musicalmente, la nota “la” es usada como referencia de altura para las otras notas en una orquesta. Pero esta altura ha ido variando a lo largo del tiempo; hasta la mitad del siglo XX cada país adoptaba una frecuencia de diapasón diferente de la nota “la”. 

Conocedor de estas circunstancias, el rey de Baviera, con la ayuda de ingenieros y músicos, consiguió diseñar una mesa de mármol rojo con masa y forma perfectamente estudiadas, que al ser golpeada emitía, con sorprendente claridad y precisión, la nota “la”.

Con ocasión del enlace real celebrado en Madrid el 23 de enero de 1878, entre Alfonso XII y María de las Mercedes de Orleans, como regalo a la boda más romántica del siglo, el rey Luis II de Baviera, mandaría a Sevilla una de las seis mesas que se fabricaron con esta sorprendente propiedad musical. 

Desde aquellos días, la hermosa y enigmática mesa permanecería en el legendario y sevillano Palacio de San Telmo. El palacio maldito de los Montpensier, que define el escritor y periodista Paco Robles, como el lugar donde los duques sufrieron la condenación que les acompañaría toda su vida. Cuando Sevilla era una "Corte Chica", desde donde don Antonio de Orleans conspiraba contra su cuñada, la reina Isabel II y competía con los protocolos de su villa y corte. 

Después, durante años, esa misteriosa mesa serviría para afinar el órgano de la Catedral de Sevilla; así lo haría, desde 1940, el canónigo organista, Ángel Urcelay y otros músicos hispalenses, que tuvieron un especial aprecio por aquel misterioso mueble. 

Fueron muchos los expertos que peregrinaron hasta Sevilla y llamaron a las puertas del palacio, convertido en Seminario Mayor de San Telmo, para conocer aquel extraño objeto. 

Una mesa marmórea y musical, que como escribía en las páginas de ABC, Francisco Rubiales, fue reclamada en los años previos de la Expo del 92, por algunos sevillanos con escrúpulos artísticos y conciencia ciudadana, que se dirigieron a las autoridades para dar la voz de alerta ante la situación lamentable en la que debería estar aquella obra perdida en la vieja mansión, que se reconvertiría en sede principesca de la Presidencia de la Junta de Andalucía.

El objetivo, no era sólo evitar que aquella enigmática mesa quedara dañada de manera irreversible por el estado ruinoso en que entonces estaba convertido el palacio, sino algo más ambicioso y noble, de rescatarla, de reconocerle su valor histórico-artístico

Como me recordaba hace poco mi buen amigo Antonio Petit Gancedo, pronto se cumplirán 140 años de que llegara a Sevilla la curiosa mesa del “la”, regalo de boda de un rey loco, ... y nada se sabe, hoy, de aquel mueble romántico y maravilloso.